Es increíble que un suceso que nos sorprende y destroza el alma haga que fijemos nuestra mirada en tu corazón, en tu historia, en tu humanidad… Definitivamente, no debería ser así. Sin embargo, es una oportunidad perfecta para dirigirte unas palabras que nacen del amor y la gratitud que sentimos hacia ti.
Gracias, querido sacerdote, por tu «sí» a Dios que te configura con Cristo y te convierte en reflejo del amor del Padre.
Gracias, porque son muchos más los sacerdotes que han asumido y asumen su ministerio con fidelidad y amor.
Gracias por encender nuestros corazones y mostrarnos, con hechos y palabras, el amor que Dios tiene por cada uno de nosotros.
Gracias por tener tus oídos atentos a nuestros dolores, alegrías, pecados, incertidumbres, y por tener tu corazón dócil al Espíritu Santo para darnos palabras llenas de sabiduría y esperanza.
Gracias por ser el gran ministro del altar, porque, gracias a tus manos sacerdotales, podemos tener a Jesús en la Eucaristía y, luego, nos lo das para conservarlo y custodiarlo en nuestro corazón.
Perdónanos por caer en el egoísmo y la indiferencia, al pensar que todo en tu vida es perfecto, que no experimentas la tristeza, el dolor, la soledad, la duda…
Perdónanos por juzgarte injustamente, porque nos cuesta ver que, detrás del don que Jesús te ha concedido, hay un corazón que también lucha por sanar, por entregarse, por ser fiel y ser feliz.
Perdónanos porque nos cuesta acompañarte, apoyarte… incluso, nos olvidamos de orar por ti y, aun así, te exigimos que ores por nosotros.
Perdónanos porque, a veces, pensamos que eres un trabajador nuestro, que tienes que hacer lo que queramos, cuándo queramos y dónde queramos, tratándote con desprecio y humillación, rebajando tu dignidad de persona.
Reconocemos y abrazamos tu humanidad, tu vulnerabilidad…
¡No estás solo! Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote que te eligió, está contigo.
Cuentas con nuestras oraciones y con las de cientos de corazones que, conscientes de la grandeza sacerdotal, en silencio interceden por tu vida y ministerio.
En la Fraternidad Sacerdotal, siempre estamos prestos a escucharte, acompañarte y acogerte.
Nuestras casas son tu casa, para hacer que Jesús avive el don que hay en ti.
¡Viva Jesús!

